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De visiones infantiles a cuestionamientos profundos

  • 15 ago 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 18 ago 2025



Disfruté de una infancia llena de aventuras e inquietudes, cuestionando todo lo que me hacía ruido dentro de mi familia, en la escuela, en el club. Siendo muy pequeña empecé a ver algunas sombras en la casa, pero por supuesto que mi madre me dijo que estaba soñando, y yo estaba segura de que no: las veía despierta. Luego de esas visiones de muy pequeña, antes de los 5 años, ya no volvía a ver ni a percibir seres de otras dimensiones hasta la vida adulta.

Me gustaba leer, y recuerdo con mucho cariño un libro de tapas azules con letras en dorado que estaba en casa de mi abuela Lela, y que hablaba de la creación del universo. Lo empecé a mirar antes de aprender a leer; solo con las imágenes me encantaban y transportaban a esos planetas. Luego lo leí varias veces, porque había pasos de la creación del universo explicados en el Big Bang que no me cuadraban. Más tarde, en el colegio, siguieron los cuestionamientos, sobre todo en la clase de catequesis, porque fui a colegios católicos desde los 5 a los 17 años. Recuerdo una clase de catequesis en cuarto grado en la que nos contaron que Dios creó a Adán y Eva, y levanté la mano para decir que no era cierto, que en la teoría de Darwin dice que el hombre viene del mono. Me llamaron a solas en el recreo para decirme que no hiciera esos comentarios en clase. Aún recuerdo el enojo y la impotencia de sentir que lo que enseñaban no tenía sentido, pero acepté que, por respeto a mis compañeros, no debía cuestionar más a la maestra.

Fui de la última generación que vivió una infancia sin pantallas: jugaba en la vereda, con los amigos del barrio, y también sola. Disfrutaba mucho de jugar sola en el patio, siempre con juegos con agua; también era la primera en ayudar en la casa en tareas domésticas que llevaban agua, como lavar los platos, lavar el baño, y cualquier actividad en la que me pudieran mojar. También me gustaba, en mis ratos en soledad, mirar las estrellas. Más de una vez me desaparecía de mi casa por la noche y me subía al techo a mirar las estrellas por horas: buscar satélites, cometas, estrellas fugaces...

Siempre fui muy buena alumna en el colegio, con algunos problemas de conducta, pero un 10 en el resto de materias. Tenía varias actividades extraprogramáticas, deportivas y artísticas; mi agenda estaba llena. Además, en mi tiempo libre me gustaba mucho seguir investigando todo lo que generara curiosidad. Así fue como, a los 11 años, comencé una investigación sobre Egipto. Luego, con un grupo de compañeras, presentamos un trabajo de ciencia para competir que se llamó "Los misterios de Egipto"; trabajé en ese proyecto durante dos años: leyendo libros, viendo imágenes y presentando el proyecto en diferentes certámenes del concurso nacional de ciencia. Llegamos a la etapa provincial, en la que el jurado nos bajó puntos porque estábamos afirmando temas como la ayuda extraterrestre en la construcción de las pirámides, que carecían de valor científico y eran pura fantasía.

Durante mi infancia, fui una luchadora por defender la verdad; tenía activado un detector de mentiras natural, y no dudaba en decirle a mis familiares, amigos y hasta personas desconocidas que lo que decían no era verdad. Recuerdo que, siendo muy pequeña, pregunté a mi tío si fumaba; él me decía siempre que no, hasta que un día, buscando algo entre sus cosas, encontré escondida una caja de cigarrillos. Fue tanto mi enojo que le partí todos los cigarrillos uno por uno y los volví a acomodar en la caja. Luego lo enfrenté por haberme mentido.

La rebeldía de la pubertad me llevó a cuestionar el sistema; leía al Che Guevara, Marx, y libros de poesía. Empecé a escribir poesía y cuentos, que presentaba en concursos. Uno de esos concursos, en el que gané, presenté una poesía que se llamaba "Sol de mis días, Luna de mis noches", preludio de todo lo que vendría después. Luego, en la adolescencia, ya con 15 años, comencé a cantar, tocar la guitarra y escribir canciones. En su gran mayoría, canciones de amor, románticas; la verdad es que las películas de Disney en ese momento no las cuestioné, las acepté como la biblia del amor romántico. Y allí comienza un largo camino de ser una romántica empedernida: aprendizajes y evolución que me llevó años.

Luego llegó el momento de ir a la universidad. Me mudé sola a otra ciudad para estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de Cuyo (pública) y Publicidad en la universidad privada Juan Agustín Maza. Elegí la carrera de Ciencias Políticas porque quería cambiar el mundo, y Publicidad para potenciar mi creatividad. Asistía a las dos universidades. Luego de un tiempo, un profesor de Ciencias Políticas nos habló a todos los zurdos soñadores: que estábamos perdiendo el tiempo, que la política no necesita soñadores, que ganan siempre los que saben manejarse en un mundo corrupto. Ese fue mi último día estudiando Ciencias Políticas; fue tan grande la desilusión y la frustración que nunca más volví a pisar esa facultad. Quizás también me faltó convicción para seguir con mis ideas de cambio de la sociedad y de encontrar una mejor forma de vivir.

Me quedé solamente con una carrera universitaria: estudié la Tecnicatura en Publicidad, y luego la Licenciatura en Comunicación Social. Por supuesto que cuestioné la materia de marketing, diciendo que no era ética, y poniendo en debate si el marketing ayuda a las personas a elegir la marca de un producto realmente necesario, o si, por el contrario, crea una necesidad que no existe en los humanos para vender y lucrarse.

En los últimos años de carrera, comencé nuevamente, en la universidad pública, la Licenciatura en Música Popular Latinoamericana, en la especialidad de canto, carrera que hice hasta el tercer año. El tango fue el estilo con el que más resoné, quizás porque venía de escuchar rock nacional y, al ser estilos urbanos, me sentía más cómoda. Di algunos conciertos cantando tango.

Una vez que me recibí de la Licenciatura en Comunicación Social, me quedé tranquila, como quien cumple con uno de los capítulos del manual de la vida, y al mismo tiempo me sentí libre. Guardé el título en el placard y me fui a viajar. Cuando mi madre, a los tres años, me leía “Polito el pingüino viajero”, no sabía lo que estaba haciendo; se convirtió en mi libro favorito de niña, quedó grabado en el inconsciente y, de adulta, en cuanto me independicé económicamente, solo quería viajar por el mundo, vivir en varias ciudades y países, conocer culturas y finalmente convertirme en ciudadana del mundo.

En mis primeras experiencias viajando y buscando respuestas existenciales, me encontré por primera vez con herramientas de espiritualidad: el Reiki fue la primer terapia energética que llegó a mi vida. Pero esto merece otro capítulo.


 
 
 

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